viernes, 29 de octubre de 2010

Libro IV, Capítulo 117 (2 de 7)

Al amanecer, los caballeros del rey Arábigo se preparan para el combate. Pronto están al pie de las murallas forzando los portillos. Tras una resistencia inicial, la debilidad de los defensores se hace patente. Los asaltantes entran en la villa. Los combates se generalizan por las calles de Luvania. Allí luchan Lisuarte y sus hombres. Mujeres y niños les ayudan como pueden arrojando objetos desde las ventanas. El estruendo de voces, lanzazos, cuchilladas y pedradas es enorme y ensordecedor. Lisuarte y sus fieles están acorralados. Ya se ven perdidos pero prefieren morir a ser apresados. Redoblan sus esfuerzos y, por un momento, consiguen contener a los asaltantes.
El rey Arábigo ha entrado en la villa con Arcaláus y los seis caballeros de la Ínsula Sagitaria. Siempre tiene cerca de sí a estos caballeros bravos y esforzados. Para el rey son su salvaguardia. Envía a dos caballeros de la Ínsula Sagitaria por una calle travesera hacia la zona donde luchan Barsiñán y el duque de Bristoya. A los otros cuatro caballeros les ordena que ataquen a Cildadán, que está acompañado de Arquisil, Flamíneo y Norandel. Les dice que el momento de vengar la muerte de Brontajar Danfanía ha llegado. Los cuatro caballeros de la Ínsula Sagitaria se lanzan en tromba espada en mano sobre sus enemigos. El rey Cildadán los ve venir, grandes y desmesurados, y grita a sus compañeros que van a morir pero antes se han de llevar por delante al mayor número de contrarios. El enfrentamiento es de gran dureza. Cildadán se protege con su escudo de un espadazo por encima del yelmo que le propina uno de los caballeros de la Ínsula Sagitaria. El golpe es tremendo y la espada corta el cerco de acero del escudo y se queda trabada. El caballero no puede desenclavar la espada. Tira tan fuerte que le arranca el escudo a Cildadán. Éste contraataca y de un certero golpe le corta la manga de la loriga y le cercena el brazo que cae al suelo con la mano todavía asida a la espada y al escudo de Cildadán. El caballero se retira malherido. Cildadán se vuelve en apoyo a sus compañeros que luchan contra los tres restantes caballeros de la Ínsula Sagitaria.

jueves, 28 de octubre de 2010

Libro IV, Capítulo 117 (1 de 7)

Amadís se ha adelantado con algunos compañeros para auxiliar al rey Lisuarte. Se apresuran intentado llegar a tiempo. Quiere conseguirlo para que Oriana sepa como siempre está presto para servirla. Tienen que recorrer trece leguas. Marchan sin descanso todo el día. Al caer la noche aún están a tres leguas de Luvania. Los guías les han conducido cerca de las montañas para atajar a rey Arábigo y para evitar alguna celada traicionera. Por desgracia, los guías se extravían y no saben a ciencia cierta si aún no han llegado a Luvania o se han pasado de largo. A pesar de su templanza, Amadís no puede contener su enfado y maldice su mala ventura. Cuadragante, preocupado por la suerte de su amado rey y compatriota Cildadán, le dice que no se acongoje, que confíe en Dios que seguro les despejará el camino. El grupo permanece parado e indeciso, sin saber a donde dirigirse. Amadís les pregunta a los guías si la montaña está cerca. Ellos piensan que sí. Amadís envía a Gandalín con uno de los guías hacia la montaña, en busca de un otero o lugar elevado donde divisar los fuegos del real de Lisuarte o de sus enemigos.
Gandalín sube por la sierra que tiene a mano izquierda. Llegan a un altozano y lo suben. Cuando miran hacia el llano descubren los fuegos de un real. El guía estudia la situación y traza el camino para conducirlos a esa posición. Regresan al campamento e informan a Amadís. Éste ordena levantar el campamento y reanudar la marcha antes del alba. Cabalgan con rapidez pero con orden. Al extraviarse han perdido contacto con el rey Perión y el resto del ejército. Van rápidos pero, a pesar de todo, al romper el alba todavía están a una legua de Luvania.

martes, 26 de octubre de 2010

Libro IV, Capítulo 116 (4 de 4)

El sitiado Lisuarte no descansa. Ya se ve perdido sin remedio. La villa tiene pocas posibilidades de defensa. No resistirá un asedio. Ha tomado la decisión de morir antes que ser preso. Organiza a sus caballeros y a la gente de la villa. Los coloca en los puntos más débiles de la fortificación. Les exhorta y anima a luchar para salvar sus vidas.

El ataque final da comienzo. Los asaltantes avanzan sin temor con el apoyo de arqueros y ballesteros. Se saben virtuales vencedores. Llegan a los muros de la ciudad. Los sitiados se defienden con saetas y piedras. La muralla no es muy alta y en algunos puntos ya está derruida. En ellos se producen los primeros combates cuerpo a cuerpo. Los defensores, a pesar de su cansancio e inferioridad numérica, se baten con valentía y bravura. Consiguen contener el fiero ataque enemigo. Se producen numerosas bajas en ambos bandos. Los asaltantes están a punto de entrar en la ciudad cuando cae la noche. El ataque se interrumpe. Aseguran el cerco de la villa y descansan para reanudar el asalto al día siguiente.

Libro IV, Capítulo 116 (3 de 4)

Los hombres del rey arábigo se apartan un poco de los muros de la villa para evitar el fuego de arcos y ballestas. Apresan a Arbán y a Grumedán. Los llevan ante su rey. Arcaláus los quiere matar pero Arábigo no lo permite. El ejército de Lisuarte ha quedado desbaratado y vencido. La mayor parte de sus caballeros están o muertos o prisioneros. Él mismo está, acompañado de unos pocos, sitiado en una pequeña villa de débiles defensas. Hasta aquí le había conducido el haber prestado oído a las insidias de Brocadán y Gandandel que le enemistaron con Amadís. ¿Y ahora? ¿Serán Brocadán, Gandandel o alguien de su linaje quienes le socorran? No, por cierto. Si dependiera del auxilio de esos envidiosos, Barsiñán obtendría una cumplida venganza por la muerte de su padre y el rey Arábigo y Arcaláus, una gran victoria que les resarciría de la derrota de la batalla de los Siete Reyes. Por suerte para Lisuarte, el auxilio vendrá por parte de Amadís que, olvidando la injusta ingratitud de Lisuarte y pensando solo en realizar actos nobles y virtuosos, acude en rescate de este rey vencido y sitiado, en peligro de muerte y con su reino al borde del caos.
Con Luvania sitiada, el rey Arábigo se reune con sus consejeros y capitanes. Tiene dos opciones: atacar la villa de inmediato para no dar tiempo a establecer mejores defensas o permitir que sus hombres recuperen fuerzas con el descanso nocturno y retrasar el ataque al día siguiente. Solo quedan dos horas de luz. El rey Arábigo decide iniciar el ataque de inmedio, antes de que caiga la noche. Si no consiguen entrar antes del fin del día, continuarán a la mañana siguiente. Él mismo con Arcaláus y el rey de la Profunda Ínsula atacarán por un lado. Barsiñán y el Duque de Bristoya, por el otro. Todos los hombres del rey Arabigo se van colocando en sus posiciones. Las trompetas darán la señal de inicio para el asalto a Luvania.

lunes, 25 de octubre de 2010

Libro IV, Capítulo 116 (2 de 4)

El rey Lisuarte, desdeñando el riesgo de muerte, se pone en primera fila de combate. Se topa con un hermano de Alumas (aquel primo de Dardán el Soberbio muerto por Florestán en la Fuente de los Tres Olmos), lo derriba y lo mata. Las fuerzas de refresco hacen gran destrozo entre los enemigos. Lisuarte, inmerso en el fragor del combate, derribando adversarios por doquier, se interna excesivamente entre las filas contrarias. Arcaláus advierte que ha separado imprudentemente de sus hombres y avisa a Barsiñán que, flanqueado por diez caballeros, se lanza sobre el rey británico. El ataque es tan brutal y desproporcionado que consiguen derribar a Lisuarte. Filispinel y 20 compañeros corren en su ayuda. Consiguen rechazar a Barsiñán y Arcaláus que estaban a punto de rematar a Lisuarte. Arcaláus envía más caballeros y están a punto de vencer, pero la llegada de Cildadán, Arquisil, Norandel y Brandoibás impide la victoria enemiga. Norandel se deja caer del caballo, recoge la espada de Lisuarte del suelo y se la entrega al rey. Le cede su caballo para que se ponga a salvo. Luego, Brandoibás le proporciona a Norandel un nuevo caballo.
Arcaláus envía un mensajero al rey Arábigo para que les envíe tropas de refuerzo. El rey Arábigo y los seis caballeros de la Ínsula Sagitaria y sus hombres atacan. Hacen gran destrozo entre los caballeros de Lisuarte que ya muestran preocupantes signos de fatiga. Los seis caballeros de la Ínsula Sagitaria estragan las filas británicas que empiezan a perder terreno.
Lisuarte ordena el repliegue de sus hombres hacia Luvania mientras él se queda con Cildadán, Norandel, Guilán, Arquisil y otros caballeros escogidos, protegiendo la retaguardia. Lisuarte y sus caballeros se comportan con bravura, heroicamente, pero la superioridad enemiga es aplastante. Muchos mueren en esta fase de la batalla. La presión enemiga los empuja contra los muros de la villa. Arbán y Grumedán (que lleva la enseña real) son derribados. Lisuarte está apunto de ser apresado, pero sus amigos lo agarran y lo meten por la fuerza en el interior de Luvania. Las puertas se cierran. Pocos hombres del grupo de Lisuarte consiguen ponerse a salvo.

domingo, 24 de octubre de 2010

Libro IV, Capítulo 116 (1 de 4)

El ejército del rey Arábigo alcanza a los hombres de Lisuarte en las inmediaciones de Liuvania. El rey Lisuarte dispone a sus tropas en dos haces: el primero al mando del rey Cildadán, con Norandel, Arbán de Norgales, Guilán el Cuidador y Cendil de Ganota, de dos mil caballeros: el segundo, con Arquisil, Flamíneo, Giontes y Brandoibás, de seis mil caballeros. Son fuerzas temibles si estuvieran descansados y bien armados, pero tras la batalla contra los insulofirmeños se encuentran exhaustos, maltrechos y con la mayoría de sus armas deterioradas.
El rey Arábigo coloca a Barsiñán en la vanguardia, deseoso de ganar honra y de vengar a su padre y hermano, al mando de un haz de dos mil caballeros.
El día amanece claro. Pronto los rivales se divisan. Comienzan las acometidas. En los primeros encuentros muchos caballeros son descabalgados. Barsiñán quiebra su lanza y, espada en mano, reparte golpes a diestro y siniestro. Norandel se topa con el tío de Barsiñán, hermano de su madre y regente de Sansueña durante la minoría de edad de su sobrino. Norandel le propina tal lanzazo que le perfora escudo y loriga y le atraviesa el pecho y le saca la punta por la espalda. El tío de Barsiñán cae muerto al suelo. El rey Cildadán también derriba a otros destacados caballeros de Barsiñán. Lo mismo hacen Guilán y Arbán y los otros caballeros de Lisuarte. El haz de Barsiñán está a punto de ser desbaratado pero recibe el apoyo de los hombres de Arcaláus, muy hábil con las armas a pesar de ser manco de la mano derecha por obra de Amadís. La llegada de los refuerzos de Arcaláus da un giro a la batalla. Muchos caballeros de Lisuarte son derribados aunque Cildadán, Norandel, Guilán y Cendil luchan con bravía infatigablemente. Pero su esfuerzo no es suficiente para contener el empuje de Arcaláus. Tiene que intervenir Lisuarte con el resto de sus tropas.

viernes, 22 de octubre de 2010

Libro IV, Capítulo 115 (2 de 2)

Esclavor, al notarse descubierto, da aviso al rey Arábigo, su tío, para que ataque a Lisuarte antes de que se aleje demasiado de las montañas. Llega su emisario al campamento del rey Arábigo, pero su ejército no está preparado para un ataque tan repentino. Se habían hecho a la idea de atacar por la noche. Se ponen en marcha pero con lentitud y pierden un tiempo precioso en abandonar la montaña, ya que se habían acantonado en lo más áspero y fuerte de ella. Llegan al llano y persiguen a los de Lisuarte, pero van tan retrasados que solo pueden alcanzarlos en las inmediaciones de Luvania. Arcaláus, que se sabe muy superior en fuerzas, no se preocupa porque Lisuarte se refugie en la villa.
Entre tanto, Nasciano había enviado a Esplandián y Sarguil en busca de Lisuarte para informarle de como iban los preparativos para la negociación de paz. Llegan al real de Lisuarte y ven que ya lo han levantado. Siguen su rastro y alcanzan a ver a las tropas del rey Arábigo en pos de las mermadas fuerzas de Lisuarte. Esplandián ya tenía noticias del rey Arábigo. Lo había mencionado la reina Brisena. Sabía que era un feroz enemigo. Deciden volver y contar lo visto al rey Perión. Cabalgan lo que queda del día y toda la noche para llegar al alba al real de Perión. Se dirigen a la tienda de Amadís donde se encuentran con Nasciano que les pregunta porqué vienen tan apresurados. Esplandián le dice que tiene que hablar primero con Amadís. Entra en la tienda y lo despierta. Le cuenta como el ejército del rey Arábigo acosa al rey Lisuarte y le pide ayuda. Amadís se levanta presto y va a ver a su padre. Le cuenta lo que ocurre y le pide licencia para socorrer a Lisuarte. Perión le da permiso. Le dice que se adelante con un grupo de gente escogida y él les seguirá con el resto del ejército. Manda tocar trompetas y añafiles. La tropa está dispuesta para marchar en pocos minutos. El rey Perión reúne a sus capitanes. Les propone socorrer a Lisuarte y todos están de acuerdo en hacerlo. Amadís con Cuadragante, Florestán, Angriote, Gavarte de Val Temeroso, Gandalín, Enil, Helisabad y 4000 caballeros parten presto en primer lugar.