lunes, 28 de febrero de 2011

Libro IV, Capítulo 131

Cuando se enteraron de la llegada de Balán, los principales caballeros que participaban en al campaña acudieron a darle la bienvenida. Así, llegaron Agrajes, Cuadragante, Bruneo, Angriote, Gavarte del Val Temeroso, Brián de Monjaste y otros muchos caballeros de gran prez. Balán había sido alojado en la tienda de Galvanes que era la más rica y bien obrada de cuantas había en el real. Era la tienda de Madasima que la había heredado de su padre Famongomadán. El gigante la montaba una vez al año en una vega frente a su castillo. Allí se sentaba en un rico estrado y recibía el homenaje de sus súbditos. Sus vasallos desfilaban ante él y le besaban la mano como si fuera el rey de Gran Bretaña. Tanto le dominaron estas ínfulas de grandeza que exigió a Lisuarte la mano de Oriana para su hijo Bagasante. En el Libro II se cuenta con detalle cuán desastrosamente acabó todo: con la muerte de Famongomadán y de Bagasante a manos de Amadís.
Balán recibe a los caballeros desarmado y vestido con una capa jalde con rosas de oro bordadas. Causa una gran impresión entre los presentes pues es grande, hermoso, todavía joven y distinto a otros gigantes que son de natural desabridos y soberbios. Enseguida se gana el aprecio de sus nuevos aliados que ya conocían su gran fama de gran guerrero.
Balán toma la palabra y les dice a los caballeros que no se sorprendan de verle allí como aliado. Algo ha ocurrido que le ha empujado a ponerse de su lado. Les recuerda que su padre, Madanfabul, murió a manos de Amadís durante la guerra entre Cildadán y Lisuarte. Esa era la razón por la que juró vengarse de Amadís. El destino había conducido a Amadís a su señorío. Se habían enfrentado y Balán había sido vencido pero tratado con la mayor cortesía. Así, esa enemistad de años se había trocado en amistad verdadera. Y en honor a esa nueva amistad había venido a ayudarlos en su campaña bélica. Los caballeros insulofirmeños ya conocían algo del combate entre Balán y Amadís gracias a los informes de Gandalín. Ahora Balán les ofrece los detalles que aún desconocían.

sábado, 26 de febrero de 2011

Libro IV, Capítulo 130 (10 de 10)

Esa noche encierran a la mujer con su esposo en al jaula. Al día siguiente, Amadís ordena que liberen al matrimonio. Los hijos de Ysanjo escoltan a la pareja. Abandonan la Ínsula Firme y los custodian hasta Valderín, donde los liberan definitivamente. Antes de que se vayan, Arcaláus les da un mensaje para Amadís:"Solo se meten en jaulas a animales salvajes y no a caballeros. Me vengaré de esta humillación y de nada te valdrá la ayuda de esa puta Urganda".
Entretanto han llegado a la ínsula Firme Darioleta y su familia con su flamante yerno Bravor y son recibidos con alegría.
Retrocedamos en el tiempo para ver lo ocurrido a Balán. A los quince días de la partida de Amadís y Grasandor, Balán ya estaba recuperado y pudo abandonar el lecho. Dio joyas y un barco a Darioleta que partió con su familia y Bravor hacia la Ínsula Firme. Balán reunió una pequeña flota bien aparejada y partió hacia el reino Arábigo. Tras diez días de navegación arribó a Licrea, pequeño puerto arábigo. Allí supo que Galvanes y Galaor tenían sitiada la ciudad de Arabia. Desembarcó su ejército y marcharon a reunirse con los sitiadores. Galaor y Galvanes, al conocer su llegada, salen a recibirlo. Ya conocían lo pasado con Amadís por mediación de Gandalín. Aunque el señorío de Galaor, flamante rey de Sobradisa, es mayor que el de Galvanes, aquel le permite cabalgar por delante en deferencia a su edad, su linaje y su buena condición. Llega Balán y se dirige a Galvanes, a quien no conoce. Le pregunta si es Galaor. Galvanes le dice que no y se presenta. Balán le abraza emocionado (recordemos que están emparentados politicamente gracias a las dos Madasimas). Galaor llega riendo y le dice que es a él a quien busca. Balán lo reconoce pues es muy parecido a Amadís, aunque Galaor es un poco más alto y Amadís algo más espeso(?). Los tres se abrazan y van juntos al real. Galvanes acomoda a Balán en su propia tienda.

Libro IV, Capítulo 130 (9 de 10)

Amadís, en un principio, está decidido a mantener prisionero a Arcaláus pero su palabra le obliga y decide liberarlo, aunque declara a la mujer que lo hace en contra de su voluntad. Montan a caballo para ir al castillo. Oriana y Mabilia se alegran de su regreso. Les reciben con grandes muestras e amor y cortesía. Amadís aloja a la mujer de Arcaláus.
Al día siguiente, tras oír misa, la mujer le pide a Amadís que cumpla con su palabra. Van al alcázar donde está el prisionero, encerrado en una jaula de hierro. Amadís no lo ha vuelto a ver desde Luvaina. Lo encuentran vestido con una aljuba de pieles, regalo de Gandales a Amadís, y leyendo de ejemplos y doctrina sobre la adversa fortuna.Tiene larga y canosa barba, cuerpo grande, feo rostro y gesto sañudo. Las damas se espantan al contemplarlo. Arcaláus, al notar su presencia, levanta la mirada y la clava en su mujer, pero no dice nada. Amadís le pregunta si la conoce. Arcaláus responde que sí. Amadís le dice que tras hablar con ella ha decidido liberarle. Arcaláus le contesta que si su decisión es libre y espontánea, se lo agradecerá eternamente, pero si no ha sido así, no puede agradecérselo, porque las buenas obras si son forzadas, no son de mucho mérito. Amadís, honrado hasta las últimas consecuencias, le cuenta como ha sido engañado por su esposa.
Arcaláus le dice que si le hubiera liberado en Luvaina cuando le suplicó que se apiadara de él, se lo hubiera agradecido de por vida, hubiera sido su leal amigo hasta la muerte. Pero al hacerlo ahora, tarde y obligado por el engaño de su mujer...[...]
Amadís entiende que siga odiándolo y que le desee todos los males, pero le pide que, al menos, deje en paz a sus amigos que nada le han hecho. Arcaláus responde que no sabe lo que hará en el futuro. Ha hecho tantas maldades que ya no espera el perdón divino y por tanto, ya no vale la pena que cambie de actitud. Además, como su liberación, fruto de una añagaza se hace en contra de la voluntad de Amadís, no siente ninguna obligación hacia él. 
Las damas se horrorizan al escuchar al prisionero y le suplican a Amadís que no lo suelte, pero éste se mantiene firme en su decisión.

Libro IV, Capítulo 130 (8 de 10)

Inician juntos el descenso. Esa noche la pasan en la ermita de la imagen de metal. Para cenar, comparten los alimentos que llevaba la pareja. A la mañana siguiente llegan a orilla del mar. Amadís y Grasandor se despiden de Gandalín y le piden que transmita sus saludos y ofrecimiento de ayuda a Agrajes. Gandalín parte con la pareja y van a ver a la dueña. Entre la hija y Gandalín consiguen convencer a la noruega que, al fin, consiente en que se celebre el matrimonio.
Después, Gandalín vuelve junto a Agrajes y le cuenta las nuevas sobre Amadís. El sitio de la ciudad ha evolucionado favorablemente. Los combates se han saldado con grandes pérdidas entre los sitiados. Han llegado también Galaor y Galvanes. Vienen de coronar como nuevo rey de la Profunda Ínsula a Dragonís. Galaor, ya recuperado de su enfermedad, está pletórico y dispuesto a las más grandes hazañas. No hay nada con lo que disfrute más que con las actividad caballeresca.
Mientras, Amadís y Galaor continúan viaje hacia la Ínsula Firme. llegan sin novedad. desembarcan y se detienen a orar en el monasterio que al pie de la peña estaba. En eso estaban cuando aparece una dueña enlutada acompañada por dos escuderos. ella sabe que es Amadís. Cuando éste sale del monasterio, ella se arrodilla ante él y le cuenta llorando su desventura. Le agarra la falda de la loriga impidiéndole andar. Amadís le pregunta quien es y que quiere de él. Ella le responde que solo le dirá su nombre si le promete su ayuda: su marido ha caído en manos de su más tenaz enemigo y sólo Amadís puede liberarlo. Amadís acepta ayudarla. Ella, entonces, le dice que es la esposa de Arcaláus el Encantador, prisionero del propio Amadís. Puesto que lo ha prometido, le pide que libere a su marido.
Amadís se queda muy turbado y confundido. La astuta mujer lo ha engañado arteramente.

viernes, 25 de febrero de 2011

Libro IV, Capítulo 130 (7 de 10)

Después de dos días de viaje, Gandalín y la dueña llegaron a la torre. Gandalín exigió al caballero que liberara a la doncella. El caballero salió a luchar. Era grande y llevaba armas jaldas. Salió increpando con voz tonante a Gandalín: "¡Caballero amenazador y de poco seso! ¿Qué buscas?" Gandalín le reclamó de nuevo la liberación de la doncella. El caballero se negó. Lucharon. Fue un combate duro y largo. Lucharon casi todo el día, pero al final Gandalín consiguió imponerse. Ya tenía a su rival tendido a sus pies implorándole el perdón.  De nuevo Gandalín le exigió que liberara a la doncella y que jurara que no volvería a retener a ninguna otra contra su voluntad. El caballero lo prometió. Gandalín le permitió que entrara en la torre y trajera a la doncella, pero el felón traicionó su confianza y escapó por la puerta de atrás, llevándose a su prisionera consigo. Montaron en un batel y ya desde el mar le gritó a Gandalín. Trataba de justificar su vil acción, voz en grito, por el amor que sentía por la doncella, razón por la que no quería devolvérsela a su madre. A continuación comienzó a remar y se alejó con rapidez. Gandalín quedose mohíno y chasqueado. La madre lloraba desesperada. Le echó en cara que se hubiera dejado engañar tan cándidamente. Ahora estaban peor que al principio, pues antes, por lo menos, la madre conocía el paradero de su hija. Gandalín, avergonzado y abrumado por el sentimiento de culpa, le prometió a la dueña que le devolvería a su hija, sin cejar en su empeño hasta conseguirlo. Le pidió que le cediera la barca y a un marinero para salir en persecución de la pareja. La dueña, algo consolada por la propuesta de Gandalín, accedió. Gandalín inició la búsqueda. Tras cinco días de navegación encontró a unos pescadores que le informaron que el caballero y la doncella iban rumbo a la Peña de la Doncella Encantadora. Allí se dirigió Gandalín. En la cala de la isla encontró el batel vacío del caballero y el barco de Amadís. Sospechó que el caballero había desembarcado en la isla para esconderse. Empezó a buscarlo hasta que se topó con Amadís y Grasandor.
Amadís, por su parte, también le cuenta sus andanzas.
Deciden buscar al caballero entre los tres. Registran la ruinas hasta encontrar, al poco, a la pareja en un baño (?). El caballero sale de la mano de la doncella y les pregunta que quieren. Gandalín le increpa por haberle engañado. El caballero reconoce su mala acción pero se justifica por el gran amor que siente por la doncella. Amadís comprende sus motivos, pero le recuerda que tiene que dar satisfacción a la madre de la doncella. El caballero reconoce su culpa y se compromete a presentarse ante la dueña para pedir la mano de su hija. La doncella está conforme con casarse con él. Amadís le pregunta a la doncella que confirma la versión del caballero: ha decidido casarse con él porque ha constatado cuanto amor siente por ella.
Amadís le dice a Gandalín que acompañe a la pareja ante la dueña y que intente mediar para que el matrimonio pueda llevarse a cabo.

martes, 22 de febrero de 2011

Libro IV, Capítulo 130 (6 de 10)

Al fondo de la sala encuentran unas puertas de piedra herméticamente cerradas. Hay una espada clavada entre ellas hasta la empuñadura. Comprenden que han llegado a las puertas de la cámara mágica. La empuñadura de la espada es de un material desconocido, como hueso transparente y rojo como un rubí. En la parte derecha de las puertas hay una letras de color rojo sangre; en la izquierda, unas letras blancas. Éstas últimas están en latín y dicen: "No vale maña ni fuerza para sacar la espada. Solo lo logrará el caballero que tenga escritas en su pecho las letras rojas que se leen en la puerta". Amadís comprende que ese caballero es su hijo Esplandián. Le pregunta a Grasandor, que responde que entiende las letras blancas pero no las rojas. Amadís le pide que haga memoria y Grasandor también cae en la cuenta de que habla de Esplandián. Grasandor propone regresar y permitir que Esplandián acabe la aventura en el futuro. Antes de regresar Amadís propone explorar los alrededores de la cámara para descubrir si existe otra entrada: no la encuentran.
Avanzan por el llano por una zona de fuentes y albercas. Hay casitas con imágenes de metal o piedra. De pronto aparece ante ellos un caballero armado y les pregunta si son de la Ínsula Firme. Responden que sí. Al caballero le han informado de su presencia los marineros del barco de Amadís. Busca a otro caballero que ha ultrajado a una doncella. Le preguntan su nombre. Tras un instante de reticencia, el caballero se quita su yelmo: es Gandalín. Amadís corre a abrazarlo efusivamente. Gandalín lo reconoce a su vez y se arrodilla para besarle las manos. Amadís no se lo permite. (¿pero hay alguien en esta obra que deje que le besen las manos postrados de hinojos?). Amadís le pregunta como ha llegado hasta ahí. Gandalín cuenta como acabó brillantemente la campaña en el reino Arábigo donde acompañaba a Agrajes. Tras vencer al sobrino del difunto rey Arábigo, entraron triunfalmente en la capital, Arabia. Estando allí llegó una dueña enlutada y se postró ante Agrajes pidiéndole ayuda. Le dijo que era noruega, como Olinda, la mujer de Agrajes. Por esa razón recurría a él. Su hija había sido raptada por un malvado caballero, el Señor de la Gran Torre de la Ribera porque la dueña no permitió su matrimonio. El marido de la noruega es primo hermano de don Grumedán.
Agrajes le preguntó por que no acudía a la justicia real. La dueña le contó que el rey era débil y viejo, incapaz de gobernar con tino. 
El caballero de la Gran Torre de la Ribera estaba a tan solo dos días de viaje desde allí. Gandalín se ofreció a acompañarla y rescatar a su hija. Agrajes estuvo de acuerdo. Gandalín partió con la dueña.

Libro IV, Capítulo 130 (5 de 10)

Tras entrar en la ermita, Amadís y Grasandor descansan exhaustos en un poyete de piedra. Una vez recuperados se levantan para contemplar la bella imagen. Ven las letras. Amadís que conoce el griego gracias a las enseñanzas de Helisabad, va traduciendo el texto. Amadís, debido a sus andanzas, es políglota. Por ejemplo, domina el alemán. Amadís lee en voz alta la inscripción: "La isla florecerá y será señoreada por un poderoso rey y una señora dueña de otros reinos y caballeros..." [...]
Amadís le dice a Grasandor que se trata de una antigua profecía pero calla su creencia de que tal vez se refiera a él y a Oriana.
Reanudan la ascensión con la idea de alcanzar la cima antes de que caiga la noche. No lo consiguen. Tienen que acampar bajo una peña. Pasan la noche charlando de sus asuntos, de sus esposas, de sus amigos,... El deseo de Amadís es acudir en ayuda de sus amigos Cuadragante, Bruneo y Agrajes, pero teme disgustar a su esposa. Grasandor le recuerda que ya la dejó muy preocupada tras su precipitada marcha con Darioleta. Es mejor, pues, que vuelva primero a la Ínsula Firme y tranquilice y conforte a su esposa. Amadís acepta su consejo.
Llega el alba. Prosiguen la marcha. Ya queda poco. Llegan por fin a la cima. Encuentran un extenso llano con varios edificios en ruinas. Encuentran un hermoso arco semiderruido con una imagen tallada en piedra de una doncella. En la mano izquierda lleva una péndola y en la izquierda, una tabilla con algo escrito. Es un rótulo escrito en griego que dice: "La verdadera sabiduría es la que sirve ante los dioses. La que sólo sirve ante los hombres es sólo vanidad". Amadís se lo traduce a Grasandor. Luego, reflexiona en voz alta sobre lo poco que aprovechan los hombres los dones que Dios les da. Se pierden en asuntos mundanos y terrenales y descuidan lo prioritario: alcanzar la salvación. 
Atraviesan el arco y entran en un corral donde hay varias fuentes. Junto a ellas, las ruinas de varios edificios. Entre las ruinas descubren varios orificios: las madrigueras de las sierpes.
Avanzan entre las ruinas, escudo en mano. Atraviesan el corral y llegan a una gran sala abovedada.