jueves, 3 de febrero de 2011

Libro IV, Capítulo 129 (3 de 6)

La boda se lleva a término con plena satisfacción de ambas partes, principalmente de Darioleta que ve alcanzar a su hija un alto estatus. Este matrimonio será el origen de una saga de famosos caballeros en la Corte del rey Artús: Bravor tendrá un hijo llamado Galeote en honor a su madre (entonces, ¿la hija de Darioleta se llama Galeota o quizás Gala?). Galeote se casará con una hija de Galvanes y Madasima. Tendrán un hijo llamado Balán, como su bisabuelo. Éste, aunque de estirpe de gigante, tendrá el aspecto del común de los mortales. Descendiente directo de Balán II será Don segurades, coetáneo de Uther Pendragón y primo hermano de aquel famoso caballero de la corte artúrica que llegó a vivir 120 años en plena forma. Hijo de Segurades y Señor de la Ínsula de la Torre Bermeja será Bravor el Brun, que morirá a manos de Tristán de Leonís en leal combate en un encuentro que ocurrirá durante el viaje de Tristán como escolta de  Iseo la Brunda (Isolda), hija del rey Languines de Irlanda, para reunirse con su prometido, el rey Mares de Cornualla, tío de Tristán. Hijo de Bravor será Galeote el Brun, Señor de la Luengas Ínsulas, gran amigo de Lanzarote del Lago. Estos dos Brunes son mencionados en los libros que cuentan la historia de Tristán y Lanzarote.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Libro IV, Capítulo 129 (2 de 6)

Balán ordena que aten de pies y manos a su hijo y que se lo entreguen al caballero insulofirmeño para que haga lo que quiera con él, ya que ha mancillado el honor de su padre. La esposa de Balán, temiendo que Amadís pueda vengarse cruelmente de su hijo, se escabulle discretamente y va a ver al caballero insulofirmeño. Lo encuentra sin yelmo, con la espada envainada e inclinado ante su hijo, desatándolo. La mujer reconoce a Amadís y le pregunta si sabe quien es ella. Amadís también ha reconocido a la hija de Gandalac pero lo disimula. Ella le dice que sabe quien es: Amadís, el hermano de su amigo Galaor. Si prefiere mantenerse en el anonimato, ella sabrá mantener el secreto. Le asegura que Balán mantendrá su promesa como hombre de honor que es y por último, le pide piedad para su hijo.

Amadís responde que aprecia y respeta a Gandalac y a sus hijos. Por supuesto va a liberar a Bravor sin ninguna represalia, pues Amadís solo toma venganza con quien puede defenderse, nunca con hombres desarmados. Le permite a la mujer que desvele su identidad a Balán y que le transmita sus exigencias de que repare el agravio a la dueña. La mujer del gigante le dice que puede acompañarla ante él sin temor y decírselo personalmente. Amadís se vuelve a colocar el yelmo, coge espada y escudo y salen juntos. Van al castillo y los conducen al lecho de Balán. Amadís le dice cuan quejoso está de él porque sus hombres no hayan respetado su palabra y le exige que repare el daño ocasionado a Darioleta.

Balán responde que le pesa y le duele más ver como su hijo y sus servidores no han cumplido con su palabra empeñada que verse vencido. Por esa razón le entregó a su propio hijo maniatado, para resarcirle de esa injusticia. Balán está dispuesto a compensar a Darioleta, pero en lo referente a su hijo, el daño es irreparable y no sabe como podría hacerse. Amadís le dice que libere a su marido e hija, que les devuelva sus bienes y su barco. Y a cambio de su hijo muerto, debe cederles su propio hijo: Bravor debe casarse con la hija de Darioleta. Amadís le asegura que no es un matrimonio tan desigual, pues además de riquezas y posesiones, los padres son gobernadores de un rico territorio de su propio padre.

Balán le pregunta quien es su padre. El caballero insulofirmeño se presenta: es Amadís, hijo del rey Perión, el que mató a Madanfabul, padre de Balán, aunque lo hizo para defender a un Lisuarte en peligro de muerte. Balán se admira de la valía y bravura de Amadís. accede a liberar a los prisioneros y restituirles bienes y nao. En cuanto a Bravor, que Amadís haga lo que quiera con él, pues no le perdona que haya mancillado su honor. Le pide, por último, que queden como amigos.

Amadís le responde que ya le considera su amigo, pues es yerno de su amigo Gandalac. Le pide que de ahora en adelante desista de esa mala costumbre de asaltar a los visitantes. Amadís justifica a Bravor, su yerro es fruto de su corta edad. Le pide su perdón por amor a su madre. Le aconseja que lo mande llamar y traiga a la hija de Darioleta y que se casen inmediatamente. Balán así lo hace.

domingo, 30 de enero de 2011

Libro IV, Capítulo 129 (1 de 6)

Darioleta, al ver a Amadís sitiado y al borde de la muerte, se entristece y desespera y maldice su desventura voz en grito. Se acusa de haber llevado a una muerte segura al mejor caballero del mundo. ¿Cómo podrá presentarse ante sus padres y hermanos? De nada valdrán los servicios prestados antes. ¿Por qué no le permitió que reuniera un grupo de caballeros en la Ínsula Firme para que le ayudaran en esta situación? Hizo las cosas con el arrebatamiento y la liviandad propias de su femenina condición.
Así estaba lamentando su suerte en los soportales del templo. Ya ve muerto a Amadís y presos de por vida a su marido e hija. Amadís la ve llorar desesperada desde la angostura donde se ha apostado y se apiada de ella. Siente como la furia le crece en su interior hasta exasperarle. Piensa que si ataca ahora a sus sitiadores tendrá más posibilidades que si espera a la mañana siguiente. Agarra la espada y embraza el escudo y se dispone a salir. El caballero-gobernador, que está pendiente de su movimientos, adivina sus intenciones. Se acerca a él y le ruega que no ataque a sus enemigos. Le cuenta la conversación que ha tenido con Bravor. Ha conseguido una tregua hasta el día siguiente. El caballero-gobernador espera que para entonces Balán se haya recuperado. Está convencido de que el gigante mantendrá su palabra. Amadís acepta el consejo y desiste de su idea de luchar. Esperará la llegada del nuevo día.
Mientras Balán sigue semiinconciente. Recupera un tanto el sentido pero no puede hablar. Solo acierta a señalarse el pecho con gesto de gran dolor. Sus médicos lo examinan y le aplican varios remedios. La evolución del paciente s buena y antes del alba recupera el habla. Pregunta donde está. Le dicen que en su cama. No recuerda como acabó el combate. Tras un momento de vacilación, le cuentan que ocurrió, pues nadie se atreve a ocultarle la verdad. También le cuentan en que situación tienen a Amadís, cercado en un extremo de la plaza. Esperan que el gigante decida su suerte. Balán ordena que levanten el cerco y lo dejen libre. Balán llama a su hijo y le echa en cara de forma desabrida que no haya respetado su palabra. Preferiría verse muerto antes que deshonrado.

viernes, 28 de enero de 2011

Libro IV, Capítulo 128 (5 de 5)

Del castillo sale el hijo de Balán acompañado por treinta hombres armados gritando mueras al traidor. Amadís se retira a un extremo de la plaza donde hay un angosto paso entre peñas y se parapeta allí tras el escudo del gigante.
Tres de los soldados se adelantan. Le arrojan sus lanzas que no le hieren gracias al enorme escudo que le cubre cuerpo y piernas. El primer atacante avanza espada en mano pero Amadís le da tal espadazo que le parte la cabeza en dos.
Llega el segundo soldado. Recibe un golpe de espada sobre el hombro y a un lado cae su brazo y al otro cae el hombre, muerto. El resto de soldados, al ver el destino de sus compañeros, se mantienen a distancia arrojándole saetas, piedras y lanzas. Amadís se mantiene firme en su posición bien protegido por el escudo.
Mientras tanto, los servidores de Balán han llevado al gigante al interior del castillo. Balán sigue inconsciente, como muerto.
Más soldados llegan y acosan a Amadís. Los recién llegados no han visto como Amadís acabó con los dos primeros y le atacan temerariamente.
Al primero que llega, Amadís le cercena la cabeza de un solo tajo. El resto, atemorizado, se repliega a posiciones más seguras. Desde allí continúan arrojándole innumerables saetas y piedras.
El caballero-gobernador intercede por Amadís ante Bravor, el hijo de Balán, y le echa en cara que no respete la palabra dada por su padre. Bravor no soporta ver morir a su padre y no poder vengarlo. El caballero-gobernador le responde que su padre no está muerto porque Amadís no quiso rematarlo, debido al aprecio que siente por Gandalac. El joven no sabe que hacer. El caballero le propone que mantenga cercado a Amadís sin hacerle daño hasta ver la evolución de Balán. Podrá decidir su suerte al día siguiente. Bravor le pide consejo a su madre y a su abuela que le dicen que mantenga a Amadís vivo hasta ver como evoluciona Balán que se va recuperando poco a poco pero sigue semiinconsciente. La madre de Bravor sospecha que el caballero de la Ínsula Firme es Galaor o alguno de sus hermanos. Bravor, por fin, acepta la propuesta del caballero. Ordena a sus hombres que mantengan sitiado a Amadís pero sin atacarle hasta nueva orden.

Amadís pasa la noche en vela, espada en mano, esperando la muerte. Piensa que los hombres de Balán no respetarán su palabra. Encomienda su destino a Dios.

Libro IV, capítulo 128 (4 de 5)

Balán se abalanza sobre Amadís con toda su fuerza pero con la lanza un poco baja. Su lanza impacta en la cabeza del caballo de Amadís y la introduce hasta el pescuezo. Amadís, por su parte, acierta en pleno centro del escudo de su rival y lo descabalga. El caballo de Amadís cae muerto al suelo. Aunque Amadís tiene la pierna atrapada bajo el caballo, se libera rápidamente y se levanta. Balán también se ha puesto en pie, pero está algo aturdido. El lanzazo de Amadís ha sido tan certero y potente que le ha golpeado en el centro del pecho, magullando la carne y quebrando las ternillas.

Se enfrentan a pie, espada en mano. Amadís se protege con el escudo, pero el gigante se lanza sobre él brazo en alto. Ésto lo hace tanto por su soberbia y exceso de bravura como por el intenso dolor que siente en el pecho. Amadís, que lo ve venir de esa guisa, comprende que lo ha lesionado en el encontronazo. Levanta su escudo para protegerse de un golpe desde arriba del gigante.Balán descarga el golpe con toda su fuerza y corta el escudo de arriba a abajo y un tercio del mismo cae al suelo. Lo mismo le hubiera ocurrido al brazo de Amadís si el golpe hubiera sido más centrado. Amadís no se arredra y contrataca antes de que el gigante se retire. Le hiere junto al codo, corta la gruesa malla y le hiere la carne hasta la canilla. Balán, dolido del golpe, retrocede pero Amadís insiste en su ataque. Le lanza un golpe a lo alto del yelmo que hace saltar chispas como llamaradas. Es tan fuerte que deforma el yelmo y dificulta la visión al gigante.

El caballero-gobernador, viendo como lucha Amadís, se maravilla y asombra. No deja de santiguarse diciendo "¿De dónde ha salido este diablo?". Darioleta le responde que si hubiera más diablos como éste, no habría cuitados ni desvalidos ante los soberbios del mundo.

Balán intenta enderezarse el yelmo. Su brazo derecho está tan débil que apenas puede sostener la espada. Retrocede un poco más. Amadís persiste en su ataque. Lanza un nuevo golpe a la cabeza del su rival. El gigante adivina su intención y se protege con el escudo. La espada corta el escudo hasta la mitad y queda allí trabada. Balán contagolpea con su espada, pero, con su brazo derecho malherido, solo consigue un débil e inocuo golpe.

Amadís intenta desenclavar su espada y tira de ella denodadamente. Balán, por su parte, tira del escudo. En un esfuerzo supremo, Amadís rompe las correas que sujetan el escudo al brazo del gigante y se lleva espada y escudo. En esas condiciones no puede utilizar su espada. El gigante cambia la espada de mano y se lanza en fiero contrataque. Amadís se cubre ágilmente con su escudo pero no puede evitar que algunos golpes le alcancen la loriga y le hieran la carne. Ciertamente, si Balán atacara con su brazo derecho, Amadís estaría en una situación muy comprometida. Pero al usar el brazo izquierdo, sus golpes, aunque muy potentes, son poco atinados. Golpea en falso en varias ocasiones. Amadís intenta liberar su espada: retrocede con rapidez unos pasos, arroja su escudo hacia el gigante, pone el escudo de Balán en el suelo y apoyando sus pies en él, tira con todas sus fuerzas de la espada hasta desenclavarla.

Mientras, Balán ha recogido el escudo de Amadís. Es lo suficientemente liviano como para poder manejarlo con su brazo derecho. La herida del codo es importante, ha perdido mucha sangre. Y el golpe en el pecho, muy doloroso, le hace perder el resuello.

Amadís con su espada ya libre y cubierto con el escudo del gigante reanuda su ataque. Balán ve que el combate se está decantado a favor de su rival y se defiende a duras penas. Pero el dolor que siente en el pecho es tan fuerte que pierde el conocimiento y cae desvanecido al suelo.

La gente del alcázar cree que Balán ha muerto y clama venganza. Amadía le retira el yelmo y con la punta de la espada en el cuello le exige que repare el daño causado a Darioleta. Pero Balán sigue inconsciente.

Llega el caballero-gobernador y pregunta si el gigante está muerto. Amadís cree que no. El caballero-gobernador le pide que no lo mate tanto por seguridad del propio Amadís como para que Balán pueda reparar el agravio a Darioleta. Amadís está de acuerdo con él.

jueves, 27 de enero de 2011

Libro IV, Capítulo 128 (3 de 5)

Balán se ríe en su cara y le augura una rápida muerte como castigo a su ignorante temeridad. Amadís le responde que no ignora que se trata de uno de los gigantes más fuertes y temibles del mundo, pero ha venido a enfrentarse a él porque su honor le obliga a defender a dueñas desvalidas. Aunque por deferencia a algunas personas que le aprecian preferiría no tener que enfrentarse a Balán, le dice que no teme hacerlo en absoluto.
Balán concierta el combate para tres horas más tarde y le proporciona dos buenos caballos y dos lanzas. También le permite comer y descansar. Amadís reconoce su caballerosidad y cortesía y lamenta que ese buen talante no le incline al buen camino. Solo toma un caballo y una lanza. El resto de armas son las del hijo de Darioleta y su propia espada. Las armas del hijo están manchadas con su sangre y espera que es sangre le de fuerzas suficientes para vencer al gigante.
Balán se retira al interior del castillo. Amadís, el caballero-gobernador y el resto de su compaña se quedan en un soportal de la plaza. Allí les llevan comida. Aguardan plácidamente a que llegue la hora del combate. El caballero-gobernador escruta el rostro de Amadís buscando señales de flaqueza. Como no los encuentra, se maravilla cada vez más.
Se acerca la hora. Traen dos caballos y Amadís escoge uno y lo monta. Se sitúa en el centro de la plaza esperando a su rival. Toda la gente de la isla se apelotona alrededor de la plaza. Los adarves y ventanas del castillo están llenos de dueñas y doncellas. De lo alto de la Torre Bermeja suenan tres trompetas. Amadís pregunta por ese sonido. Le explican que es la señal que anuncia la salida de Balán. A Amadís le parece una gran idea, propia de un gran señor. Decide plagiarla y aplicarla en la Ínsula Firme cuando necesite hacer un combate singular de este estilo. Es una forma de enardecer el propio ánimo y acobardar al contrario.
Se abren las puertas del castillo y sale Balán armado y a caballo. Se gritan los desafíos y bravatas de rigor y empieza la justa.

martes, 25 de enero de 2011

Libro IV, Capítulo 128 (2 de 5)

Navegan toda la noche y a la mañana del día siguiente llegan a la Ínsula de la Torre Bermeja. A Amadís le parece una hermosa tierra llena de espesas montañas y feraces campos y con un formidable castillo de potentes torres, en especial la más alta y antigua de ellas, la Torre Bermeja, hecha con una rara piedra. Cuenta la leyenda que fue Josefo quien edificó esa torre. Era hijo de José de Arimatea, el que trajo el Santo Grial a Gran Bretaña. Por aquel entonces solo había paganos por estos lares. Josefo pobló la isla con cristianos y construyó la torre para que sirviera de cobijo y protección a sus correligionarios. Luego llegaron los gigantes y se señorearon de la isla y de las adyacentes. De esa manera llegó a manos de Balán. Pero la población siguió siendo cristiana aunque viviera sojuzgados por los gigantes que eran, en su mayor parte, paganos. Los habitantes de la Ínsula de la Torre Bermeja vivían algo mejor ahora porque Balán era un amo tolerante y benévolo y el amor que sentía por su madre lo había inclinado a la ley de Jesucristo.
Amadís le pide al caballero-gobernador que se presente ante Balán y le diga que ha regresado la dueña con un caballero de la Ínsula Firme para vengar la muerte de su hijo y liberar a su marido e hija. El caballero-gobernador lo hace de buen grado.
Balán recibe cordialmente al caballero-gobernador, con quien mantiene unas excelentes relaciones. El caballero-gobernador le explica su encargo. El gigante le pregunta si el caballero de la Ínsula Firme es Amadís o alguno de sus hermanos. El caballero-gobernador no lo sabe, pero le parece un hombre bravo y apuesto. No sabe si le ha traído a la Ínsula de la Torre Bermeja su gran valentía o la ausencia de buen juicio. Balán reitera la promesa que le hizo a la dueña. El caballero-gobernador vuelve al barco y le cuenta lo ocurrido a Amadís. Desembarcan. Amadís le pide al marinero que acompañaba a Darioleta que no desvele su identidad. Suben al castillo. Encuentran al gigante desarmado en la amplia plaza ante el castillo. Balán le pregunta a Darioleta si ha traído algún hijo de Perión. Ella responde que sea quien sea le demandará por el daño que ha causado. Amadís añade que no es necesario que se sepa su nombre. Le exige que repare el mal que ha causado a la dueña o en caso contrario que se prepare para luchar.