lunes, 14 de marzo de 2011

¡ÚLTIMO CAPÍTULO! Libro IV, Capítulo 133 (4 de 7)

La reina vuelve a Londres. La noticia de la desaparición de Lisuarte ha corrido como la pólvora por todo el reino. La tristeza y la desesperación cunde entre el pueblo llano. Hombres y mujeres caminan por lo campos, llorando, dando voces, clamando por su señor en quien siempre encontraron defensa y socorro. ¡Cuán bienaventurado debiera sentirse Lisuarte por ser tan querido por su pueblo! Pero esto era cosa de tiempos pasados, pues en los actuales los reyes carecen del amor de sus vasallos. Esto es signo del envejecimiento del mundo: al haber perdido su virtud, es como la tierra agotada que ya no da los frutos que antaño producía a pesar de la escogida simiente utilizada. (hay que recordar que esto lo escribe Garci-Rodríguez de Montalvo en tiempos de los Reyes Católicos. Al parecer el regidor de Medina del Campo tenía una relación cercana con la reina Isabel. Dicen que fue ella quien le encargo que refundiera y completara la historia de Amadís...) El autor termina rogando a Dios que vuelvan esos tiempos pasados y que los reyes, sin ira ni pasión, sostengan y defiendan convenientemente a sus súbditos.
Volvamos al relato: la mala nueva es rápidamente conocida en todo el reino e incluso en el extranjero. Pronto llega a oídos de Cuadragante, Señor de Sansueña, y de Bruneo, rey Arábigo, y de los otros caballeros que con ellos estaban. Comprenden que el asunto atañe directamente a Amadís y deciden ir a la Ínsula Firme para ponerse a su disposición. Sus nuevos señoríos ya están pacificados y pueden irse sin temor a perderlos. Bruneo deja como gobernador de su reino a su hermano Branfil y Cuadragante, a su sobrino Landín, recientemente llegado desde la corte del rey Cildadán. Bruneo y Cuadragante reunen una pequeña flota y parten hacia la Ínsula Firme. Les acompaña Balán, que ya es un aliado fiel y un entrañable amigo . El viaje transcurre sin novedad y llegan a su destino en doce días. Balán se admira y sorprende al contemplar la Gran Sierpe que allí dejó Urganda.
Mientras tanto, Brandoibás ya ha entregado la carta a Amadís. Desde que conoce la noticia, Oriana está muy preocupada y melancólica. Amadís no se atreve a dejarla sola. Cuando se entera de la llegada de la flota de Bruneo y Cuadragante, le pide a Grasandor que salga a recibirlos por él.

L

viernes, 11 de marzo de 2011

¡ÚLTIMO CAPÍTULO! Libro IV, Capítulo 133 (3 de 7)

El ballestero informa a la reina. Brisena llama a Arbán de Norgales, su sobrino, y a Cendil de Ganota. Les cuenta lo sucedido. Los caballeros ponen buena cara y ocultan sus verdaderos presentimientos para no preocupar más a la reina. Organizan con rapidez una partida para buscar al rey. El ballestero les guía hasta el claro y desde ahí escudriñan el bosque palmo a palmo aunque sin resultado.
Mientas, la reina espera, muy alterada. Redacta varias cartas solicitando ayuda a a otros caballeros. Espera noticias de sus hombres que no llegan. Pasa la noche en vela.
Al alba llega Giontes y Grumedán. Se han enterado de la desaparición de Lisuarte. Se ofrecen de inmediato para unirse a la partida que realiza su búsqueda. La reina decide acompañarlos. Parten Grumedán, Giontes, la reina y una dueña que la asiste, la mujer de Brandoibás. Recorren el bosque durante tres días, casi sin descanso. Si no fuera por Grumedán, que se preocupa de alimentarla, la reina no hubiera probado ni un solo bocado. Las noches las pasa vestida, bajo los árboles. Tan acongojada está que no quiere detenerse en las aldeas que van encontrando.
Al cabo de esos tres días  se reunen con el grupo de Arbán, que vienen desanimados, tristes y extenuados.
Ante las ansiosas preguntas de la reina, Arbán responde con lágrimas en los ojos que no han encontrado ninguna pista del paradero de Lisuarte. Arbán sospecha que lo han secuestrado y que se lo han llevado del reino. Al oír tan infausta noticia, la reina cae desvanecida de su palafrén. Grumedán descabalga rápido para atenderla.
La reina recobra el conocimiento y entre lloros se lamenta de la adversa fortuna.
Grumedán, de rodillas junto a ella, intenta consolar a la atribulada reina. Le aconseja que se acerquen a un poblado donde puedan atenderla. La llevan a una casa cercana, de unos monteros de Lisuarte, donde a reina descansa unos días. Grumedán la exhorta a que continúe la búsqueda y no se rinda. La reina, espoleada por si discurso, decide pedir ayuda a su yerno Amadís. Le escribe una carta y le encarga a Brandoibás que se la entregue a Amadís.

jueves, 10 de marzo de 2011

¡ÚLTIMO CAPÍTULO! Libro IV, Capítulo 133 (2 de 7)

El rey corre hacia la pareja y le grita al hombre que suelte a la doncella. Éste, cuando ve venir al rey, libera a la muchacha y huye por entre la densa vegetación. El rey le persigue a caballo pero las ramas le impiden avanzar con rapidez. Descabalga y continúa la persecución por el bosque. Llegan a un claro en cuyo centro hay una tienda montada. El hombre que huye se mete en ella. Lisuarte, que le sigue los pasos de cerca, lo ve y también se encamina a la tienda. Dentro encuentra a una mujer y al hombre huido que se esconde tras ella. Lisuarte le pregunta a la mujer si ése es hombre de su compaña, le acusa de intento de violación y le exige que se lo entregue para hacer justicia. La dueña le invita a entrar para que le cuente con detalle lo sucedido, ya que ella se solidariza con la doncella. Pero nada más dar un paso dentro de la tienda, Lisuarte cae al suelo sin sentido. Llegan las dos doncellas y se reunen con la dueña y el hombre. Entre los cuatro cogen al desacordado Lisuarte y lo sacan de la tienda. Aparecen dos hombres más que estaban ocultos en el bosque y comienzan a desmontar la tienda. Luego todos se dirigen a la playa. Allí tienen un pequeño navío camuflado con ramas y hojas. Embarcan y zarpan.
Todo lo han hecho de forma tan rápida y discreta que no son vistos por nadie. 
El ballestero que quedó retrasado llega al claro y solo encuentra el caballo de Lisuarte pero sin rastro del rey ni de ninguna otra persona. Registra la zona infructuosamente. Regresa raudo al palacio para dar la alarma.

miércoles, 9 de marzo de 2011

¡ÚLTIMO CAPÍTULO! Libro IV, Capítulo 133 (1 de 7)

Después de asistir a las bodas de sus hijas, el rey Lisuarte regresó a su reino. Se dirigió a Fenusa, puerto de mar con feraces cotos de caza donde solía holgar con frecuencia. Allí pasó un tiempo recuperándose de los trabajos pasados. Dedicaba sus momentos de ocio a la caza y otros placenteros entretenimientos. Pero pronto se cansó de estas actividades. El recuerdo de tiempos pasados le obsesionaba. Recordaba aquella época cuando su corte acogía a la flor y nata de la caballería, lo que redundaba para él en fama mundial, honor y loores. Y aunque su edad y su cuerpo ya le demandaban sosiego, no ocurría lo mismo con su mente, acostumbrada a esas glorias y halagos. Comparaba los triunfos pasados con la amargura actual hasta trastornarse y deprimirse. Y lo que más le hundía su ánimo era constatar cuanto había menoscabado su honra su enfrentamiento con Amadís y como era vox populi que lo había resuelto más por necesidad que por virtud. La depresión le tornó en un ser triste, meditabundo y huraño.
Tenía por costumbre, tras la misa matutina de rigor, salir de caza por el bosque acompañado por un único ballestero. Un día, en su acostumbrada salida, se encuentran con una doncella que huye montada en un palafrén y dando gritos de auxilio. Se acercan a ella para ver que le pasa. Ella le pide a Lisuarte ayuda para su hermana porque un hombre quiere violarla. El rey le pide que les guíe hasta donde está ella. Cabalgan rápidamente y dejan atrás al ballestero que va a pie. Al cabo de un rato llegan a un lugar donde un hombre tiene sujeta de los cabellos a una doncella e intenta derribarla.

viernes, 4 de marzo de 2011

Libro IV, Capítulo 132 (3 de 3)

A todos les parece bien la propuesta de Balán y se maravillan de ver tanta discreción en un gigante, que son de natural soberbios y poco razonables. Como sabemos, su carácter se debe a la influencia de su madre Madasima y de un sabio griego que su madre trajo para su instrucción.
Todos están de acuerdo con la propuesta. Balán vuelve a hablar con el rey Arábigo y firman el pacto: el rey se compromete a entregar sin más resistencia todo su reino a Bruneo que será coronado como nuevo rey Arábigo. Para el ex-rey le quedaría la más alejada de las Ínsulas de Landas, la llamada Liconia, situada en la parte del cierzo. allí podrá gobernar con independencia a su voluntad y llamarse rey de Liconia.
El sobrino del ex-rey acepta la rendición y todo se lleva a cabo sin problemas.
Bruneo es coronado nuevo rey Arábigo en una gran ceremonia con gran alegría de sus camaradas y también de sus nuevos súbditos que reconocen su bondad y valía.
Tras unos pocos días de descanso los expedicionarios parte hacia Sansueña para completar la conquista. Se dirigen a Califán, importante ciudad sansona. Los de Sansueña ya conocen la derrota del rey Arábigo y la conquista de su reino. Se preparan para una gran batalla reuniendo una enorme cantidad de caballeros y peones. Salen al paso de los expedicionarios antes de que lleguen a Califán. La batalla es terrible, con gran número de muertos y heridos. Destacan en la lucha Balán y sus hombres.Al final los sansones son derrotados definitivamente. Sufren tan grandes pérdidas que ya no tienen suficientes soldados como para defender las plazas y toda Sansueña cae con facilidad en manos de los insulofirmeños. Cuadragante es nombrado nuevo Señor de Sansueña.

Volvamos con Lisuarte, pues hace mucho que no sabemos nada de él.

jueves, 3 de marzo de 2011

Libro IV, Capítulo 132 (2 de 3)

Balán encuentra al rey Arábigo vestido con ricos paños y tapetes pero cargado de grilletes, tan pesados que le impiden dar un solo paso. Balán se arrodilla ante el rey y quiere besarle la mano. El rey se lo impide y lo levanta (¿de qué me suena esto?) y le abraza emocionado. 
El rey Arábigo recuerda entre sollozos lo imponente que era antaño cuando visitaba al padre de Balán, para verse ahora vencido y preso. El rey termina por callarse, embargado por la emoción y el llanto.
Balán le dice que comprende el abatimiento que siente al verse en esta situación. Él mismo podría sentirse igual, pues después de haber jurado venganza contra el caballero que mató a su padre, se ha visto derrotado y sometido por esa mismo hombre. Pero a pesar de todo, lo ha podido enmendar un tanto, pues se han convertido en aliados leales e, incluso, en amigos. Le recomienda al rey que intente llegar a algún tipo de concordia.
El rey le contesta que perdiendo su reino no va a conseguir concordia. Balán le responde que debe contentarse con lo que buenamente pueda obtener.
El rey Arábigo prefiere la muerte antes de verse menguado y deshonrado. Balán opina que la muerte es lo único que no tiene remedio. Si vive, siempre tendrá la oportunidad de resarcirse de tanta pérdida.
El rey Arábigo se convence. Le pide al gigante que le asesore sobre la actitud que debe adoptar. Balán acepta ayudarle. Se despide del rey y vuelve con Enil a la tienda de Bruneo. Allí lo encuentra en compañía de Galaor, Galvanes, Agrajes y otros muchos caballeros. Les cuenta su conversación con el rey Arábigo. Avisan a Brián, Cuadragante y Angriote. Una vez todos reunidos, Balán les cuenta detalladamente su charla con el rey prisionero. Les propone que le cedan al rey una de las ínsulas de Landas, la más apartada, a cambio de la rendición incruenta del reino Arábigo. Así podrán concentrarse en la conquista de Sansueña, que se presenta dura y áspera.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Libro IV, Capítulo 132 (1 de 3)

Agrajes le agradece a Balán su ayuda pero en un largo, farragoso y enrevesado discurso justifica a su primo por la muerte de Famongomadán, aplaude las acciones de Balán para honrar la memoria de su padre y le felicita por haber zanjado el asunto al reconciliarse con Amadís.
Balán le responde que, aunque no necesitaba ningún amonestamiento, le agradece a Agrajes que lo haya hecho (suena un poco irónico, ¿no?) y ya que su objetivo inmediato es hacer causa común en la conquista del reino Arábigo lo mejor será olvidar las afrentas pasadas.
Galvanes propone que todo el mundo vuelva a sus respectivas tiendas para cenar y dormir y dejar para mañana siguiente la deliberación sobre lo que hay que hacer. Juntos quedan Galvanes, Galaor y Balán que cenan en amigable compañía. Tras la cena Galaor se retira a dormir a su tienda. 
A la mañana siguiente, Balán le propone un paseo a caballo a Galvanes para ver el sitio y estudiar los puntos más débiles de la fortificación. Galvanes invita a Galaor a que se una a ellos. Circundan la ciudad y ven que comprueban que está fuertemente defendida con altas torres y recios muros, como corresponde a la capital del reino.
Tras la inspección ponen en común sus impresiones. Galaor opina que la fortaleza viene principalmente del corazón de los hombres y no del grosor de sus murallas. Si consiguen doblegar su ánimo, de poco les servirán las barreras físicas. Los tres se acercan al lugar donde están Cuadragante y Bruneo. Todos se acercan a la tienda de Agrajes. Desde allí les sale al encuentro Enil que trae un mensaje de Agrajes para Balán: quiere que el gigante se entreviste con el rey Arábigo que está preso en la tienda de Enil. El rey Arábigo, al conocer la noticia de que Balán está allí, ha solicitado una entrevista con él.
Todos van a la tienda de Enil. Balán entra en ella para ver al prisionero. Mientras, Galaor y Galvanes siguen su camino para reunirse con Bruneo.