martes, 25 de enero de 2011

Libro IV, Capítulo 128 (1 de 5)

El caballero ordena avituallar el barco generosamente y luego se embarca con Amadís acompañado de algunos de sus hombres. Parten hacia la Ínsula de la Torre Bermeja. Durante el trayecto charlan. El caballero le pregunta su opinión sobre el rey Cildadán. Amadís lo alaba y pondera grandemente. El caballero está de acuerdo con él y lamenta que la fortuna no le haya sido propicia, pues merece algo más que ser vasallo de Lisuarte. Amadís le da la buena noticia del fin de ese vasallaje gracias a su valor y esforzado corazón. Y le cuenta como estuvo presente cuando Lisuarte liberó a Cildadán de su obligación. Luego, Amadís le pide informes sobre Balán. El caballero conoce muy bien a todos los gigantes de la zona y le explica detalladamente la historia de Balán: Es hijo de Madanfabul, que fue muerto por Amadís cuando se llamaba Beltenebros en la guerra que hubo entre Lisuarte y Cildadán. Muchos gigantes participaron en esa contienda en el bando irlandés y muchos murieron en ella. Balán quedó huérfano siendo mancebo. Heredó la Ínsula de la Torre Bermeja, la más fructífera de la zona tanto en frutas como en especias. Por ésta últimas, es visitada con frecuencia por mercaderes, lo que reporta grandes beneficios a las arcas del gigante. Balán es muy distinto a otros gigantes, que son generalmente soberbios y follones. Él, por el contrario, es sosegado, leal y sincero. Este carácter suyo viene por parte materna. Su madre es hermana de Gromadaza, la mujer de Famongomadán del Lago Ferviente. Ambas hermanas eran muy distintas. La madre de Balán era mucho más hermosa. Mientras que Gromadaza era brava y corajuda, su hermana era mansa, virtuosa y humilde.  Al parecer las mujeres feas adquieren un temperamento más varonil siendo más soberbias y desabridas, mientras que las hermosas son más sosegadas y mansas. La madre de Balán se llama Madasima. En su honor le pusieron su nombre a una hija de Famongomadán y Gromadaza, que luego se casó con Galvanes. 
¿Por qué este caballero sabe tanto de todos estos gigantes? También se lo explica a Amadís: el joven Cildadán era un noble infante irlandés sin más posesiones que la Ínsula del Infante. Sin embargo, progresó con rapidez cuando se casó con la hija del rey Abiés. Al morir éste, heredó el trono de Irlanda y nombró a este caballero gobernador de la ínsula. Desde entonces vive en ella cuidando de los asuntos del rey y relacionándose con todos los gigantes que viven en los alrededores.  Por eso sabe que todos ellos guardan en su memoria la muerte de sus familiares en aquella infausta guerra entre Lisuarte y Cildadán y albergan en su interior fuertes deseos de venganza.
Amadís le agradece su prolija información y confiesa que le pesa tener que enfrentarse a un gigante de tan buena condición y carácter. Le pregunta si está casado y tiene hijos. El caballero-gobernador le contesta que sí, está casado con una hija del gigante Gandalac, Señor de la Peña de Galtares, y tiene un hijo de quince años. Ésto último perturba a Amadís, pues sabe cuanto aprecia su hermano Galaor al gigante Gandalac. Le dice al caballero que algunas cosas que le ha contado le hacen dudar de su propósito. El caballero sospecha erróneamente que le flaquea el valor. No es verdad, pues cuando se trata de desfacer entuertos y socorrer a menesterosos nada ni nadie se le puede interponer a Amadís.

lunes, 24 de enero de 2011

Libro IV, Capítulo 127 (3 de 3)

Mientras la arrastraban, Darioleta se lamentaba voz en grito:"¡Ójala el rey Perión o alguno de tus hijos estuviera aquí para ayudarnos!". Cuando Balán la oye, le pregunta:"¿Quién es ese Perión? ¿Acaso el padre del famoso Amadís?¿Le conoces?" Cuando Darioleta le respondió afirmativamente, Balán le propuso que fuera en busca de Amadís para defenderla, ya que fue quien mató a su padre Madanfabul y arde en deseos de venganza. Le proporcionó un marinero y un barco y le indicó que se llevara el cuerpo de su hijo para mejor convencer a Amadís. El gigante le prometió que mantendría su palabra en caso de que fuera vencido.
Amadís escucha compungido el desventurado relato de la dueña y confía en Dios para reparar y vengar su pérdida.
Navegan dos días más. Al alba del tercero divisan una pequeña isla por babor. Amadís le pregunta al marinero por ella. Éste le dice que es una pequeña posesión del rey Cildadán llamada la Ínsula del Infante. Amadís decide detenerse en ella para descansar un poco y avituallarse. Nada más desembarcar aparece un caballero que sale a recibirles. Les pregunta quienes son. Amadís le dice que es un caballero está ayudando a la dama que le acompaña. Va a liberar a su familia, presa en la Ínsula de la Torre Bermeja. Su intención es pelear con Balán, señor de aquella tierra. El caballero de la ínsula se ríe desdeñosamente al conocer las intenciones de Amadís. Le aconseja que desista en su empeño: Balán es el guerrero más fuerte del mundo, ni siquiera Amadís con ayuda de sus hermanos Galaor y Florestán podrían con él, cuanto menos un simple caballero como él. 
Amadís le responde que confía en Dios para superar esta prueba y solo le pide al caballero que le suministre algunos víveres.
El caballero no solo le da viandas gustosamente sino que se ofrece para acompañarlos y ver como acaba este conflicto

Libro IV, Capítulo 127 (2 de 3)

Amadís accede a ayudarla, pero como está desarmado y solo dispone de su espada, y si envía a buscar sus armas, Oriana no le permitirá acometer la aventura, se viste con las armas del caballero muerto. Ya se disponían a montar en el batel cuando llega un montero. Amadís le dice que hable con Grasandor y le cuente lo ocurrido para que intente justificarlo ante Oriana. A continuación se embarcan y navegan el resto del día y toda la noche. Mientras, Darioleta le cuenta su historia: Ella y su marido fueron nombrados por Perión gobernadores de la Pequeña Bretaña y allí vivían con sus hijos. Recibieron una carta de Elisena invitándoles a la boda de Amadís y Oriana en la Ínsula Firme. Fletaron una nave y toda la familia y sus sirvientes embarcaron en ella. Al poco de salir les alcanzó una tormenta y se extraviaron. Llegan a una isla y se resguardaron en su puerto. Pronto se vieron rodeados por numerosas embarcaciones y fueron hechos prisioneros. Era la Ínsula de la Torre Bermeja y su señor, el gigante Balán. Fueron llevados a presencia del gigante que les preguntó si había entre ellos algún caballero. El marido de Darioleta respondió que sí. Balán les dijo que tiene por costumbre dar una oportunidad a sus prisioneros. Lucharán en combate singular y si vencen serán todos libres. Si son derrotados, serán prisioneros a perpetuidad. El marido aceptó el reto. Preguntó por las garantías que le daba. El gigante dijo que no había más garantía que su palabra, pero su palabra era Ley. El combate sería en una gran plaza ante las puertas del castillo rodeada de peñas. El hijo de Darioleta le pidió a su padre que le permitiera ser el primero en enfrentarse al gigante. El padre accedió a regañadientes. En la primera justa,Balán le dio tan gran golpe al  hijo que murió él y su caballo. En el turno del padre, éste consiguió acertarle en pleno escudo, pero fue como si hubiera alanzeado una torre, tan fuerte y recio era el gigante. Balán cogió al caballero de un brazo y lo levantó de la silla como si de un niño pequeño se tratara. El gigante ordenó que encerraran al matrimonio y a una hija pequeña y que dejaran el cuerpo del hijo muerto ahí tirado.

miércoles, 19 de enero de 2011

Libro IV, Capítulo 127 (1 de 3)

Amadís y Oriana se quedan al fin juntos en la Ínsula Firme disfrutando de su mutua compañía. Pasan los días en agradable deleite. Pero al cabo de un tiempo, Amadís comienza a añorar su época aventurera. Le pide licencia a su esposa para reanudar sus andanzas. Obviamente Oriana no quiere que la vuelva a dejar sola e intenta por todos los medios quitarle la idea de la cabeza. Amadís, por complacer a su gran amor, accede a quedarse hasta saber noticias de sus amigos. Para entretenerse en tan tediosa espera se dedica a actividades cinegéticas. sale de caza acompañado de Grasandor por los montes de la Ínsula Firme que están llenos de venados, osos, jabalíes y aves de río. Durante un tiempo se acomoda a esta situación.
Un día, Amadís está apostado en la falda de una montaña cercana a la costa a la espera de su presa. Está acompañado por uno de sus perros, un fiel animal que aprecia mucho. De pronto divisa un batel a lo lejos que se dirige a la costa en su dirección. Cuando el bote se acerca, Amadís consigue distinguir a dos personas en él: un hombre y una mujer. Amadís, sospechando un asunto interesante, abandona su puesto y baja a la playa con su perro. Llega al mismo tiempo que el batel y ve como la pareja arrastra el cuerpo de un caballero muerto completamente armado y lo depositan sobre la arena de la playa. Amadís les pregunta quien es el muerto y quien lo ha matado. La dama reconoce a Amadís a pesar de su traje de caza. Se postra ante él y le pide que la socorra. Es Darioleta, la antigua doncella de su madre, la que la asistió en el parto, la que colocó al pequeño Amadís en el arca y luego lo arrojó al río. Amadís le aparta del rostro sus blancos cabellos y le pregunta como puede ayudarla. Darioleta le pide que suba con ella al batel y le contará sus cuitas durante el trayecto.

Libro IV, Capítulo 126 (3 de 3)

Una vez finalizados los festejos de boda, Arquisil decide tornar a Roma. le acompañarán Florestán y sus respectivas esposas. Sardamira se encargará de llevar los cuerpos de Patín, Salustanquidio y Floyán. Amadís libera a todos los prisioneros romanos. Cuando la flota romana, que estaba en Vindilisora, llega a la Ínsula Firme, el Emperador y los suyos emprenden el viaje de vuelta a casa.
El resto de reyes y señores también se preparan para volver a sus países. Antes se reunen para decidir el destino del rey Arábigo, de los caballeros de Sansueña y del resto de prisioneros. Amadís le dice a Lisuarte que si tiene intención de partir pronto, lo haga en cuanto quiera, sin más compromiso. Lisuarte le agradece su hospitalidad pero, efectivamente, desea retornar a Gran Bretaña. Amadís le dice que decidirá sobre el destino de los prisioneros con ayuda de Perión.
Lisuarte, antes de marcharse, se reune con todos los caballeros en la gran sala del alcázar. Ante toda la concurrencia, se dirige a Cildadán. Le agradece su lealtad y sus grandes servicios y, por último, le libera de su compromiso de vasallaje. Cildadán le agradece su gesto y vuelve a comprometerse con Lisuarte, reafirmado su lealtad. Todos alaban la decisión de Lisuarte, sobre todo Cuadragante, que no podía sufrir el ver a su sobrino y rey y a sus compatriotas sometidos a un país extranjero.
Lisuarte le pregunta a Cildadán sobre sus planes. El irlandés le responde que se queda para ayudar a su tío a conquistar el Señorío de Sansueña. Lisuarte le ofrece hombres de apoyo, pero Cildadán declina la oferta, pues piensa que sus hombres son suficientes para este menester.
Lisuarte y su gente se van. Amadís y Oriana los acompañan durante una jornada y luego retornan a la Ínsula Firme. Como el reino Arábigo es colindante con Sansueña, Cuadragante y Bruneo acuerdan ir juntos y ayudarse en sus respectivas conquistas. Galaor y Dragonís deciden ir juntos para conquistar la Profunda Ínsula. Galvanes les ofrece su ayuda y aportará tropas de Mongaza. Se van Galaor, Briolanja, Dragonís, Galvanes y Madasima.
Amadís le pide a Agrajes que se quede con él, pero el escocés decide partir con sus tropas en apoyo de Bruneo. también se apuntan a la expedición Brian y Angriote de Estravaus. Así, Bruneo parte con sus amigos y con tropas de España, Escocia, Irlanda, Bohemia y Gaula, amén de los hombres del marqués de Troque, su padre.
Le piden a Grasandor que se quede con Amadís y le sirva de compañero, cosa que hace con pena, pues su deseo era unirse a los expedicionarios. Pero su estancia en la Ínsula Firme no será ociosa. En colaboración con Amadís hará grandes cosas, como veremos.
Cildadán, que tanto aprecia a Cuadragante, porfía por acompañarle en su empresa, pero su tío no se lo permite y le convence para que vuelva a Irlanda, con su esposa la reina, y para dar las buenas nuevas a sus súbditos.
Gastiles ya había enviado a las tropas imperiales de vuelta a Constantinopla al mando de Saluder. El sobrino del Emperador de Constantinopla se había quedado para ver el final de la aventura e informar cumplidamente y de primera mano a su tío. Ahora le pesa haber despedido a sus tropas y no poder apoyar a Bruneo y Cuadragante. Él mismo se ofrece para luchar junto a ellos. Amadís declina su oferta. Le dice que ya ha hecho mucho por ellos y es preferible que vuelva a Constantinopla para agradecer al Emperador su ayuda y transmitirle la lealtad y gratitud de los insulofirmeños. Le manda recuerdos para Leonoreta y Menoresa y decirles que no olvida su promesa de enviarles un caballero de su linaje para que las sirva. Gastiles se despide y vuelve a su patria.
Perión y su esposa también emprenden el camino de vuelta a Gaula.
Una gran flota parte a la conquista de Sansueña y el reino Arábigo. En la Ínsula Firme quedan Amadís, Oriana, Grasandor, Mabilia, Melicia, Olinda y Grasinda. También lo hacen Esplandián, el rey de Dacia y los otros donceles, a la espera de ser nombrados caballeros.

sábado, 15 de enero de 2011

Libro IV, Capítulo 126 (2 de 3)

Urganda habla con Esplandián. Le encomienda a los dos donceles, Talanque hijo de Galaor y Maneli, hijo de Cildadán. Le serán imprescindibles en sus futuras aventuras. Y le regala la sierpe que guarda en su interior el caballo y las armas que usará cuando sea caballero y le servirá como nave y refugio para evitar tempestades y adversidades. Por su causa, en el futuro Esplandián será conocido como el "Caballero de la Gran Serpiente". Luego le dice una profecía acerca de las letras que lleva grabadas en su costado izquierdo y sobre la batalla librada de la bandada de cuervos contra el aguilucho y la intervención del halcón neblí.
Por último, Urganda se dirige al resto de damas y caballeros para despedirse. Promete volver cuando nombren caballeros a Esplandián y a sus dos nuevos compañeros y hacer nuevos vaticinios. Les deja sendos anillos a Oriana y Amadís para que les protejan de los encantamientos de Arcalaus, que sigue preso. Le encomienda a amadís que no lo mate, que lo mantenga prisionero en jaula de hierro para que así muera muchas veces y pague sus maldades.
Amadís quiere agradecerle sus favores de algún modo. Ella le responde que ya se sintió recompensada cuando Amadís le devolvió sano y salvo a su amado caballero (en el castillo de la Calzada, cuando armó caballero a Galaor).
Urganda monta en su palafrén y cabalga hacia el batel donde le esperan los enanos. Navegan hacia la sierpe y se introducen en ella. Surge un humo tan negro que nada se divisa en cuatro días. Cuando se disipa, la sierpe sigue ahí, pero Urganda ya se ha marchado.

Libro IV, Capítulo 126 (1 de 3)

Pasados los festejos de boda, Urganda convoca a todas las damas, doncellas y caballeros para explicarles su presencia. Los reune en una gran sala del alcázar. Mientras espera a que se haga el silencio, se sitúa al frente de la sala de la mano de sus dos donceles. Inicia el discurso declarándose sabedora de las muchos acontecimientos pasados y si no ha intervenido ha sido para no interferir en los designios divinos. Recuerda como a varios de los presentes les vaticinó lo que les iba a pasar, aunque lo hizo de manera encubierta. Ahora va a desvelar sus acertijos: A Oriana, en Fenusa, le predijo que iba a ser raptada por el León de la Isla Dudada que la devoraría y se saciaría con su carne. Ese león es Amadís, tan fuerte y bravo, que provine de la Ínsula Firme, tan llena de cuevas y escondrijos que bien puede ser llamada la Ínsula Dudada. Efectivamente, Amadís la raptó arrebatándosela a los romanos y ha disfrutado de sus carnes...
A Amadís le dijo durante la batalla contra el rey Ardán que daría su sangre por la ajena. Así fue, pues Amadís luchó en favor de sus amigos Angriote y Arbán de Norgales.
A Lisuarte le recuerda sus profecías sobre Esplandián, criado con tres leches: de leona, oveja y mujer. Le recuerda como le vaticinó que Esplandián pondría paz entre Amadís y Lisuarte. También habla de la profecía que le dijo a Lisuarte cuando el rey entregó a Oriana a los romanos. Pero Urganda no quiere recordarle tanta desgracia y muerte que supuso esa desafortunada decisión y no insiste en rememorarla.
Urganda no sólo recuerda sus vaticinios pasados. También tiene novedades. Coge a sus dos donceles y los presenta: son Maneli el Mesurado y Talanque. Se los presenta especialmente a Galaor y Cildadán sin desvelar, al principio, que son sus hijos. Vaticina sus futuras hazañas que les rehabilitarán de su condición de hijos fuera de matrimonio. También deja entender que ella, Urganda, es estéril.