viernes, 7 de mayo de 2010

Libro III, Capítulo 79 (2 de 2)

El segundo caballero romano en fama es Maganil. Pero tanto él como sus dos hermanos declinan el reto del Caballero Griego alegando que deben enfrentarse a don Grumedán en el duelo aplazado y como sustitutos de Salustanquidio.
Llegan más romanos: Gradamor y Lasamor. Son sobrinos de Brojandel de Roca, hijos de su hermana. Aceptan el reto. Gradamor, incluso, rompe el escudo que el CG había dejado en el padrón. Amadís, irritado, lo embiste sin preocuparse de conseguir otro escudo. De un lanzazo derriba a Gradamor y lo deja desfallecido y tendido en el suelo. Luego, ataca con la espada a Lasamor. Le propina varios golpes, le hiere, lo desarma y agarrándole del escudo, lo tira al suelo. Lasamor se pone en pie y se une a su hermano, ya recuperado. El CG descabalga y espada en mano y con el escudo de Lasamor ataca a ambos hermanos, que se defienden a duras penas. Hiere en la pierna a Lasamor que cae de rodillas. Le pega un puntapié en el pecho y lo deja tendido. Acomete a Gradamor que huye hacia el rey pidiendo clemencia. Como no se la conceden, huye hacia el centro de la plaza y se protege tras el padrón de piedra. El CG le acosa con múltiples golpes de espada sacando chispas cuando pega en el padrón. Gradamor, agotado de esquivar golpes, cae al suelo exhausto. El CG coge su escudo y se lo rompe en la cabeza. Gradamor, aturdido y con el rostro ensangrentado, pide clemencia al CG, que hace como si no entendiera. El CG le obliga a levantarse a base de golpes llanos de espada. Por señas le indica que se suba al padrón. Una vez arriba, tira de él y lo hace caer cuan largo es. Lo deja tendido en el suelo, inconsciente. Luego coge a Lasamor de los pies y lo arastra junto a su hermano.
Esplandián, que estaba contemplando el reto, cree que los va a decapitar. Se apena por los romanos y acercándose al CG le pide clemencia para los vencidos. Amadís hace como si no entendiese. Viene Agramonte y le traduce. El CG acepta y le cede los romanos. El CG le pregunta a Agramonte sobre Esplandián. El conde le cuenta la historia del doncel. Amadís le pide que le muestre las letras que lleva tatuadas en el pecho. Esplandián así lo hace. El CG vuelve junto con Grasinda al barco y zarpan hacia la Ínsula Firme. Angriote y Bruneo se quedan, en secreto, para ayudar a Grumedán en su combate pendiente con los romanos.

martes, 4 de mayo de 2010

Libro III, Capítulo 79 (1 de 2)

Grasinda desembarca, muy hermosa y engalanada, acompañada de los tres caballeros y de cuatro doncellas, seguidos de un gran séquito. Lleva una corona que prueba que fue nombrada la más bella de Romania. El Caballero Griego lleva una armadura blanca y cordones de oro. Bruneo, armas verdes. Angriote, armas de plata y oro. Éste último escolta a la doncella mensajera. Bruneo, a la hermana de la mensajera. Amadís, a Grasinda. Llegan a la plaza. El CG coloca la doncella de Grasinda sobre un padrón en medio de la plaza como señal del desafío. Se acercan al lugar donde esperan el rey Lisuarte y los romanos. El CG ve a la reina, a Olinda (que iba a ser coronada) y a otras damas, pero no a Oriana. Habla en griego con el rey, con Angriote como intérprete, y reitera el reto. La apostura del CG impresiona al gentío, lo que irrita a Salustanquidio que les increpa. El romano pide la corona de Olinda para colocarla en el padrón. Olinda se niega, pero la reina coge la corona y se la entrega a Salustanquidio. El CG y Salustanquidio se preparan para la justa. Chocan en medio de la plaza. El CG le hiere bajo el brocal del escudo y se lo arranca. La lanza le golpea en el costado sin llegar a traspasar la armadura. Sin embargo, del impulso, Salustanquidio cae al suelo, rompiéndose el brazo y varias costillas. El CG le pone la lanza en el rostro y le exige que ceda ambas coronas a Grasinda. Salustanquidio calla. El CG hace su demanda al rey o si no le cortará la cabeza al vencido. Lisuarte accede y le dan las dos coronas al vencedor. El CG envía a la doncella mensajera a Lisuarte para que le diga que no quiere luchar contra caballeros británicos, pero que no tiene inconveniente en medirse con los romanos. Además, no hay caballeros locales disponibles: muchos marcharon con Amadís, Galaor está ausente, Guilán enfermo, Cendil de Ganota herido en la pierna (de un flechazo en un accidente de caza causado por el romano Brojandel de Roca)...

jueves, 29 de abril de 2010

Libro III, Capítulo 78 (2 de 2)

Grasinda y sus compañeros llegan a Tagades. Grinfesa, una doncella hija del mayordomo real y que habla francés, será la mensajera. La engalanan y le dan una carta en latín para Lisuarte y Brisena y la joven parte hacia la corte acompañada por sus dos hermanos y dos escuderos. Al mismo tiempo, el Caballero Griego prepara otro batel donde embarca Lasindo para ir a tierra. Su misión aparente es la de preguntar por su amo Bruneo, pero la real es indagar sobre la situación.
La doncella llega a la villa y pregunta por el palacio real. Se encuentra con Esplandián y con Ambor de Gandel (o de Padel), el hijo de Angriote, que sirven a la reina y han salido a la caza de esmerejones. Esplandián le da sus piezas a Sarguil y se ofrece para acompañar a Grinfesa hasta palacio. Ella acepta su ofrecimiento y Esplandián conduce al grupo ante el rey. La doncella le entrega la carta y le pide que la lea en presencia de la reina. El rey la manda llamar y la reina Brisena acude acompañada de todas sus damas. Leen la carta: Grasinda les saluda y se declara la mujer más bella de Romania. Ahora quiere extender ese título a la corte de Lisuarte. Se proclama más bella que cualquier doncella de la corte de Lisuarte. Y para refrendar esa afirmación cuenta con el Caballero Griego, que la defenderá con el poder de sus armas contra cualquiera que la niegue. Lisuarte accede a dar publicidad a su proclama y les permite desembarcar. Salustanquidio y sus cien caballeros romanos se ofrecen para defender la hermosura de las doncellas de la corte de Lisuarte. Grumedán aconseja esperar hasta que lleguen Galaor y Norandel, a cinco días de distancia, o a que se recupere Guilán el Cuidador. Lisuatre no quiere esperar y le da la oportunidad a Salustanquidio. Éste, además, reta a Grumedán y a sus caballeros, una vez que acaben con la primera contienda contra el Caballero Griego. Grumedán acepta el reto y deja un anillo como prenda. Crece la irritación entre los caballeros locales y los romanos. El conde Agramonte pide al rey que ponga paz y éste envía a ambos bandos a sus respectivas posadas. El conde le señala a rey la soberbia de los romanos, de como han menospreciado a sus fieles caballeros y de la inconveniencia de haber concedido la mano de Oriana a Patín. Lisuarte dice que ya ha empeñado su palabra y que no hay marcha atrás. Le pide a su tío Agramón que sea juez en los combates que se avecinan. Lasindo, testigo de los acontecimientos, vuelve al barco para contarlos al Caballero Griego. Le cuenta la decisión de Lisuarte de entregar a Oriana a Patín una vez que acabe el reto de Grasinda. Amadís se alegra de que sus rivales sean los romanos y no su hermano Galaor que ya le puso en grandes apuros en otra ocasión. Todos se van a dormir, a la espera de los acontecimientos del día siguiente.

martes, 27 de abril de 2010

Libro III, Capítulo 78 (1 de 2)

El CVE navega junto a Grasinda y sus amigos destino a Gran Bretaña. Bordean las costas españolas hasta llegar al Atlántico. El final del viaje se acerca, y eso les llena de alegría. Amadís decide cambiar una vez más de apodo. Desde ahora se hará llamar El Caballero Griego. Reparte las espadas que le regaló Menoresa: una a Angriote, otra a Bruneo y se reserva la última para él mismo. Gandalín guarda la espada verde para que no delate a su señor. El mar está bravío y Grasinda sale a cubierta para apoyarse en la borda. La acompañan el Caballero Griego, Angriote y Bruneo. Ven acercarse una fusta. A gritos les piden que se identifiquen: son de la Ínsula Firme. Intercambian unas frases y se dan a conocer: son Dragonís y Enil que han salido en busca de Amadís. Les informan que Lisuarte está en Tagades, frente a la costa normanda, con su corte y los expedicionarios romanos. Están negociando la boda entre Patín y Oriana. Les cuentan como sufre Oriana ante esa perspectiva, con cierto alivio por parte de Amadís. Saben todas estas noticias por boca de Florestán que ha llegado a la Ínsula Firme para reunirse con Agrajes, Mandancil de la Puente de Plata, Gavarte del Val Temerosos y Elián el Lozano, Cuadragante y Landín. Florestán les trajo esas nuevas y les contó sus combates contra los caballeros romanos de Sardamira.
Amadís llama en un aparte a Gandalín y le dice que pase con el enano a la fusta de los de la Ínsula Firme. Una vez allí, les contará que el Caballero Griego es Amadís, que les pide que vuelvan a la Ínsula Firme y allí se preparen y reunan a todos los caballeros de la Ínsula Firme a la espera que Amadís se una a ellos en unos quince días. Dragonís y los suyos así lo hacen. Grasinda y sus hombres continúan viaje a Gran Bretaña.
Lisuarte, en Tagades, recaba consejo sobre el casamiento de su hija. Llama a Argamón, su tío, que estaba enfermo en su casa aquejado de gota. Argamón sospecha para que lo llama su sobrino y aunque no quiere comprometerse no puede desoír su llamada. Ante el rey, Argamón sigue indeciso, señala los pocos pros y las abundantes contras del proyecto matrimonial. Aún así, sigue sin definirse ni tomar postura.

domingo, 25 de abril de 2010

Libro III, Capítulo 77

Sardamira se reía recordando como Patín, que había venido a Gran Bretaña a medirse con otros caballeros por amor a ella, nunca le había contado su derrota frente a Amadís. Sardamira le pide a Grumedán que vaya en busca de Florestán y que le pida que sea su escolta hasta Miraflores, ya que ha dejado tan maltrechos a sus caballeros. Sardamira envía la ermita redonda a la primera doncella con una carta de presentación y con cuatro escuderos en busca de Florestán. La doncella se reune con el caballero y le transmite la petición de la reina. Florestán acepta gustoso. La doncella cena con él y luego charlan un rato. Por la noche, la aloja en la ermita y él duerme bajo unos árboles. Al día siguiente se reunen con Sardamira y Grumedán. Florestán le cuenta a Grumedán que ha enviado los escudos de los romanos a Gandales que está en la Ínsula Firme. Florestán, cuando llega ante la reina, quiere besarle la mano pero Sardamira se lo impide y pone su mano en su loriga en señal de reconocimiento y confianza. Le agradece su ayuda. Florestán pide perdón por su atrevimiento del primer día y se poner a su total disposición. Envían a los caballeros heridos a una villa cercana donde los curarán. El resto de la expedición se pone en marcha hacia Miraflores. Oriana la recibe con cordialidad aunque le apena el motivo por el que han venido a Gran Bretaña, pero se alegra mucho al ver a Florestán y don Grumedán. En un aparte pregunta a Florestán por los motivos del despego y alejamiento de él y de sus amigos de la corte de Lisuarte. Y llora reconociendo en el rostro de Florestán los rasgos de su hermano, su amado Amadís. Y por su mente cruza la idea de suicidio, arrojándose al mar, si su padre la obliga a casarse con Patín. Florestán la consuela diciendo que Amadís seguramente está bien haciendo grandes hazañas por lejanas tierras. Sardamira, que oye mentar a Amadís, se lamenta de que Patín lo odie tanto. Ella dice que solo hay un caballero a quien detesta más : uno que luchó junto al rey Tafinor de Bohemia y que mató a Garadán, el segundo mejor caballero romano tras Salustanquidio y que liberó a Bohemia del yugo romano. Este caballero, de nombre desconocido, se hacía llamar el Caballero de la Verde Espada o Caballero del Enano. Iba acompañado de un enano y portaba una espada verde. Al oír la descripción, Florestán, Oriana y Mabilia reconocen a Amadís. Todos se retiran a descansar.
Oriana se reune con Mabilia y la Doncella de Dinamarca. Comentan lo dicho por Sardamira y todas coinciden: el Caballero de la Verde Espada es Amadís. Mabilia les cuenta un sueño que ha tenido: estaban todas encerradas en una oscura cámara y Amadís las liberaba y las coloca en lugar seguro en una alta torre. Oriana desea que el sueño se cumpla. Mabilia le recomienda que hable con Florestán para que, de acuerdo con Galaor, impidan el compromiso de Oriana con Patín.
Curiosamente, Galaor ya está aconsejando a Lisuarte en contra de ese casamiento: están ambos cazando y el rey le pide su opinión. Galaor se muestra contrario. Opina que sería ceder el trono de Gran Bretaña a un extranjero, porque Oriana quedaría supeditado a él. Además opina que no es necesario como aliado, pues hasta ahora se han desenvuelto perfectamente sin él. El rey le agradece su opinión, aunque en el fondo le disguste. Galaor le comunica al rey que parte hacia la Gaula por expreso deseo de su padre, Perión. Lisuarte le da permiso pero antes de partir debe dejar por escrito su opinión sobre la boda de Oriana y Patín, por si Lisuarte necesitara de ella cuando se reuna con su Consejo. Galaor está en contra del compromiso tanto porque cree que no beneficia a Gran Bretaña como por sus sospechas de la relación de Amadís con Oriana.
Oriana le pide a Florestán que medie por ella ante Lisuarte para impedir su compromiso con Patín. Florestán quiere ayudarla pero le recuerda que no es vasallo de Lisuarte, que el rey odia a Amadís, su hermano, y que por estas razones, no podrá serle útil. Sin embargo le propone ir a la Ínsula Firme y hablar de su problema con Agrajes y que él intente convencer a Lisuarte. Florestán se dispone para la marcha. Su despedida de Sardamira está cargada de mutua cordialidad (¿o algo más que cordialidad?) . Florestán parte hacia la Ínsula Firme.

sábado, 24 de abril de 2010

Libro III, Capítulo 76 (3 de 3)

Luchan con saña, pero pronto se ve que Florestán es con claridad muy superior a Gradamor, que va perdiendo terreno paulatinamente. Gradamor intenta retirarse hacia la tienda de Sardamira, buscando la clemencia de la reina, pero Florestán le corta el paso y sigue golpeándolo con fiereza hasta que el romano cae extenuado al suelo. Florestán le quita el escudo y se lo pasa a su escudero. Le arranca el yelmo y lo lanza al barrizal. Luego coge a Gradamor de una pierna y lo arrastra por el campo con la intención de arrojarlo de nuevo a la charca. Gradamor pide piedad a gritos. Sardamira, sabedora que Gradamor escogió a priori un combate a muerte, se inhibe. Florestán le recuerda las condiciones previas al combate y que lo va a matar salvo que acceda a dos peticiones. Gradamor las acepta. La primera petición es que cada caballero romano vencido escriba su nombre en los brocales de sus respectivos escudos. Gradamor llama a gritos a su escudero y con su propia sangre escriben el nombre de los caballeros en los escudos. Florestán monta en su caballo ágil y brioso, como si no hubiera hecho ningún esfuerzo y se pavonea ante las damas con el yelmo puesto con el fin de que Grumedán no lo reconozca. A él le pide que decida sobre el destino de Gradamor. Grumedán le perdona la vida. Florestán consiente aunque se mofa del caído diciendo cuan generosos son los romanos que le dan armas, escudos y caballos a un caballero al que apenas conocen. A Gradamor, mohíno y quebrantado, le escuecen estas palabras. No así a Grumedán que ríe abiertamente. Gradamor le pide a Grumedán que lo lleven a la tienda. Grumedán le pide a Florestán que se identifique, pero éste se niega alegando la descortesía que tuvo para con la reina Sardamira. Le pide que le transmita sus excusas y que esperará su respuesta en la Ermita Redonda. También le pregunta a Grumedán si tiene noticias de Amadís, pero éste no sabe nada. Se despiden. Florestán dispone que sus escuderos devuelvan los caballos a la primera doncella de Sardamira, salvo el de Gradamor, que se lo regala a Grumedán. También les da ordenes para que desvelen su identidad a Don Grumedán. Éste transmite las excusas de Florestán a la reina y le cuenta quien es: hijo del rey Perión y de la condesa de Salandia. Sardamira ya tenía noticias de Florestán por medio de los hijos del marqués de Ancona. Cuando era joven, Florestán vivió tres años cerca de Roma peleó junto a los hijos del marqués ganado fama y honores. También sabe que no es muy apreciado por Patín porque es hermano de Amadís (y ya sabemos cuanto le odia). La reina cree que ese odio se debe a que Amadís se adelantó en la conquista de la Ínsula Firme. Grumedán la saca de su error y le cuenta la disputa que tuvieron aquella noche en el bosque, tiempo ha.

viernes, 23 de abril de 2010

Libro III, Capítulo 76 (2 de 3)

El primer caballero jactancioso se lanza contra Florestán. Rompen las lanzas en el encontronazo. El romano cae y se parte el brazo derecho y queda tendido en el suelo conmocionado. Florestán ordena a su escudero que recoja el escudo del caído y lo cuelgue de un árbol cercano. Florestán se coloca en posición a la espera del segundo caballero. Comienza la justa. Florestán golpea tan fuerte al romano que le arranca del caballo con silla de montar incluida. Su lanza atraviesa el escudo y hiere al romano en la carne. Desde su caballo Florestán ironiza: "Puesto que habéis conservado vuestra silla, quedáosla, que yo me quedaré con vuestro caballo". Y lo dice en voz muy alta, con sorna y guasa, para que lo oigan las damas y el resto de los romanos. Grumedán hace un jocoso comentario sobre la aptitud caballeresca de los romanos. Gramador, el más principal de todos ellos, se irrita y dice que pronto llegará su turno y hará callar a Florestán. Y que todavía tendrá fuerzas para ajustar cuentas con Grumedán. Éste le responde que no tiene inconveniente en luchar con él si se da el caso. El escudero de Florestán recoge el segundo escudo romano. Le retiran al herido la punta de lanza que le hiere el costado. El romano lanza un alarido de dolor y pide confesión.
Florestán se enfrenta al tercer caballero, que monta un potente caballo, aunque sale con menos ímpetu que sus compañeros precedentes. Entra en la justa de soslayo y yerra el golpe con su lanza. Florestán. le alcanza en el yelmo, le rompe los lazos y se lo arranca. El romano a duras penas consigue mantenerse encima de su caballo agarrado al cuello de su montura. Florestán le ataca con saña con su lanza. El romano se defiende con su escudo, aunque Florestán lo hace tan fuerte que el romano tiene que ir retrocediendo. Florestán le golpea en la cabeza y el romano, aturdido, pierde las riendas. Florestán arroja su lanza y le arranca el escudo al romano. Le golpea dos veces con él en la cabeza hasta que el caballero cae al suelo. Florestán se lleva caballo y escudo del romano y vuelve a ponerse en posición.
Tras cruzar lanzas con el cuarto caballero, el romano cae al suelo y se parte el tobillo sin poder levantarse. Florestán hace recoger el cuarto escudo.
Llega el turno de Gradamor que se lanza sobre Florestán vociferando amenazas. Tras un durísimo choque, Florestán perfora el escudo de su rival y lo derriba. Gradamor cae en una charca embarrada. Florestán se lleva escudo y caballo. Grumedán comenta jocoso que luchará contra Gradamor en cuanto éste seque sus armas y consiga otro caballo. Sardamira se irrita por las baldías bravatas e incompetencia de sus caballeros. Gradamor se levanta cubierto de lodo y, encolerizado, reta a Florestán a seguir el duelo a espada, ya sea a pie o a caballo. Florestán, con sorna, acepta continuar la lucha a pie.